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jueves, 8 de mayo de 2014

Cine Regio. Sesión Contínua. La Conversación


Dir. Francis Ford Coppola (1974)







Cine Regio

Muchos recuerdos, emociones, y afectos de mi niñez y adolescencia, están unidos al cine Regio de Petrer. El Regio nace a principios de la década de los sesenta; durante muchos años, frente a su taquilla, bajo la amenaza de la pasajera frustración que se escondía tras el cartel de “completo”, se formaba  la larga cola de espectadores que buscaba la recompensa de una ensoñadora tarde de domingo. Reconvertido en un centro de ocio de una asociación festera, agotó su existencia en la  primavera de 1985.
Tenía un aforo de más de mil asientos;  para encontrar a los amigos, náufragos en un mar de butacas,  esperabas al “acomodador” detrás de unas pesadas cortinas, bajo el dintel de las puertas de acceso a la sala. Los intrépidos  “aposentadores”, como los guías de las películas de Tarzán, caminaban sigilosos y silentes, acechados por “los peligros” de la oscuridad que nos amparaba, identificados por el haz de  luz de su linterna de petaca que culebreaba toda la sala, en busca de asientos vacíos,  o de reconocibles rostros hipnóticos,  con ojos resplandecientes, ebrios de sueños, aventuras y deseos.
En estos cines, el más fuerte de los amigos ejercía de “porteador”;  era el encargado de abastecernos de bebidas y víveres, conseguidos en una feroz pelea, desde la tercera o cuarta fila de la atiborrada barra del bar-cantina. Siempre se proyectaban dos películas en sesión continua, en tres pases de lunes a viernes, y cuatro pases los sábados y festivos. Los domingos, a la pelí que llamábamos “la buena” le adjudicaban el primer y tercer pase, y a “la mala”, que a menudo era la mejor, le correspondía el segundo  y el final de la programación. Entrabas al cine a las cuatro de la tarde y salías a las 10 de la noche; era nuestro lugar  de merienda, de ocio, de reunión e incluso de juegos y primeros devaneos con las amigas. Se programaba siempre un “estreno”, del que habían pasado  mínimo dos años hasta que llegaba a la pantalla del cine del pueblo, y como segundo plato, algunas veces con fortuna, reponían grandes clásicos de películas en blanco y negro,  que no tenían buena aceptación entre la concurrencia por falta de color.
Pues bien,  llego el momento de hacer honor al título del blog con una película, que de existir actualmente  en las salas comerciales el formato de sesión continua de las antiguos cines, sería una película de las “malas”,  de las de segundo plato, es decir:  las mejores, las imprescindible, y que por el tiempo transcurrido desde su estreno, cuarenta años, muchos de los jóvenes aficionados al cine no la conocen. 





La conversación


En 1974 el presidente Nixon dimite tras entregar las cintas magnéticas de conversaciones grabadas en las oficinas de la Casa Blanca. Las cintas revelaban que se había intentado obstruir a la justicia en la investigación del allanamiento, por cinco hombres de la CIA, en la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata en el complejo de Oficinas Watergate.
En 1974, entre el Padrino I y el Padrino II, influenciado por el caso Watergate, Francis Ford Coppola estrena La conversación. Su protagonista,  Harry Caul,  es un mercenario del espionaje que se dedica a grabar conversaciones privadas con métodos sofisticados.  Es un hombre solitario, parco en emociones y palabras, que  protege con afán su vida privada; durante su último caso, donde tiene que registrar las conversaciones de una joven pareja en un parque público, sufre un proceso que le lleva a buscarse a sí mismo a través de los sonidos y  de  los diálogos grabados a los amantes, que escucha repetidamente, intentando dar sentido a sus obsesiones. Coppola bucea en el interior de las vidas de sus personajes, aparentemente poco interesantes, repletos de contradicciones, pero que nunca dejan  que  se refleje nada más allá de la frialdad de sus caras. 
 

Para apoyar el mundo interior del protagonista, que interpreta magníficamente Gene Hagman,  y la estrategia de la puesta en escena, Coppola bebe de manera indiscutible en las fuentes de Antonioni, en concreto de Blow Up (1966). La película cuenta con un montaje de sonido excepcional,  y una banda sonora maravillosa que acrecienta la sensación de zozobra del protagonista.

No puedo cerrar esta entrada sin comentar, que La confesión arranca  con un gran primer plano de más de dos minutos, donde Coppola sienta las bases por las que se va a mover toda la historia hasta su conclusión en otro escalofriante y crudo plano final.