Dir. Francis Ford Coppola (1974)
Cine Regio
Muchos recuerdos, emociones, y afectos de mi niñez y
adolescencia, están unidos al cine Regio de Petrer. El Regio nace a principios
de la década de los sesenta; durante muchos años, frente a su taquilla, bajo la
amenaza de la pasajera frustración que se escondía tras el cartel de
“completo”, se formaba la larga cola de
espectadores que buscaba la recompensa de una ensoñadora tarde de domingo. Reconvertido
en un centro de ocio de una asociación festera, agotó su existencia en la primavera de 1985.
Tenía un aforo de más de mil asientos; para encontrar a los amigos, náufragos en un mar
de butacas, esperabas al “acomodador” detrás
de unas pesadas cortinas, bajo el dintel de las puertas de acceso a la sala. Los
intrépidos “aposentadores”, como los
guías de las películas de Tarzán, caminaban sigilosos y silentes, acechados por “los
peligros” de la oscuridad que nos amparaba, identificados por el haz de luz de su linterna de petaca que culebreaba
toda la sala, en busca de asientos vacíos,
o de reconocibles rostros hipnóticos, con ojos resplandecientes, ebrios de sueños, aventuras y deseos.
En estos cines, el más fuerte de los amigos ejercía de
“porteador”; era el encargado de
abastecernos de bebidas y víveres, conseguidos en una feroz pelea, desde la
tercera o cuarta fila de la atiborrada barra del bar-cantina. Siempre se proyectaban dos películas en
sesión continua, en tres pases de lunes a viernes, y cuatro pases los sábados y
festivos. Los domingos, a la pelí que llamábamos “la buena” le adjudicaban el
primer y tercer pase, y a “la mala”, que a menudo era la mejor, le correspondía
el segundo y el final de la
programación. Entrabas al cine a las cuatro de la tarde y salías a las 10 de la
noche; era nuestro lugar de merienda, de
ocio, de reunión e incluso de juegos y primeros devaneos con las amigas. Se
programaba siempre un “estreno”, del que habían pasado mínimo dos años hasta que llegaba a la
pantalla del cine del pueblo, y como segundo plato, algunas veces con fortuna,
reponían grandes clásicos de películas en blanco y negro, que no tenían buena aceptación entre la
concurrencia por falta de color.
Pues bien, llego el
momento de hacer honor al título del blog con una película, que de existir
actualmente en las salas comerciales el
formato de sesión continua de las antiguos cines, sería una película de las
“malas”, de las de segundo plato, es
decir: las mejores, las imprescindible, y
que por el tiempo transcurrido desde su estreno, cuarenta años, muchos de los
jóvenes aficionados al cine no la conocen.
La conversación
En
1974 el presidente Nixon dimite tras entregar las cintas magnéticas de
conversaciones grabadas en las oficinas de la Casa Blanca. Las cintas revelaban
que se había intentado obstruir a la justicia en la investigación del
allanamiento, por cinco hombres de la CIA, en la sede del Comité Nacional del
Partido Demócrata en el complejo de Oficinas Watergate.
En 1974, entre el Padrino I y el Padrino II, influenciado por el caso Watergate, Francis Ford Coppola
estrena La conversación. Su
protagonista, Harry Caul, es un mercenario del espionaje que se dedica
a grabar conversaciones privadas con métodos sofisticados. Es un hombre solitario, parco en emociones y
palabras, que protege con afán su vida
privada; durante su último caso, donde tiene que registrar las conversaciones
de una joven pareja en un parque público, sufre un proceso que le lleva a
buscarse a sí mismo a través de los sonidos y
de los diálogos grabados a los
amantes, que escucha repetidamente, intentando dar sentido a sus obsesiones.
Coppola bucea en el interior de las vidas de sus personajes, aparentemente poco
interesantes, repletos de contradicciones, pero que nunca dejan que se
refleje nada más allá de la frialdad de sus caras.

Para
apoyar el mundo interior del protagonista, que interpreta magníficamente Gene
Hagman, y la estrategia de la puesta en
escena, Coppola bebe de manera indiscutible en las fuentes de Antonioni, en
concreto de Blow Up (1966). La
película cuenta con un montaje de sonido excepcional, y una banda sonora maravillosa que acrecienta
la sensación de zozobra del protagonista.
No puedo cerrar esta
entrada sin comentar, que La confesión
arranca con un gran primer plano de más
de dos minutos, donde Coppola sienta las bases por las que se va a mover toda
la historia hasta su conclusión en otro escalofriante y crudo plano final.
